En entrevista con APN desde el Congreso Agropecuario de la SAC, María Fernanda Cabal denuncia el avance del abigeato, la invasión de tierras y el control criminal en casi 600 municipios, y explica cómo estos relatos —junto a su vida en el campo— nutren su libro Yo soy Cabal, donde defiende la propiedad privada, la productividad rural y una reforma profunda del Estado para liberar el potencial agrícola del país.

La publicación de Yo soy Cabal llega en un momento crítico para el sector rural: abigeato, carneo, invasión de tierras, secuestros a ganaderos y una inseguridad que, según la senadora María Fernanda Cabal, “ha vuelto a poner de rodillas al campo colombiano”. En conversación con la Agencia Periodística de Noticias (APN), la precandidata presidencial explica cómo su libro recoge una vida marcada por la tierra y por las víctimas del conflicto, y por qué insiste en que el país debe reorganizar el Estado para defender la propiedad privada y liberar la producción agropecuaria.

APN: Usted abrió su intervención en el Congreso Agropecuario de la SAC con un diagnóstico muy duro: abigeato, carneo, invasión de tierras, secuestro de ganaderos. ¿Cómo llega el sector rural a este punto?

M.F.C.: Porque el campo volvió a quedar bajo la mano criminal mientras el Estado colombiano se retiró. Hoy casi 600 municipios están total o parcialmente bajo control o influencia de grupos ilegales. Esa realidad la vive cualquier productor: el ganadero al que le sacrifican el ganado en la noche, el agricultor que amanece con hectáreas invadidas, el transportador extorsionado en cada corredor.
Lo dije en la SAC y lo repito: la ruralidad fue abandonada, y cuando el Estado se ausenta, los violentos ocupan su lugar. Si no detenemos eso, no habrá seguridad alimentaria, inversión ni futuro para el sector agropecuario.

APN: En ese contexto, usted habló de la “memoria de víctimas ganaderas” y de un programa social desde su fundación. ¿Por qué decidió construir esos registros?

M.F.C.: Porque era insoportable ver cómo la izquierda reescribía la historia ignorando a quienes pusieron los muertos: los ganaderos, los agricultores, los comerciantes rurales.
Organicé esa memoria para darles nombre a las víctimas y rescatar la verdad. Y desde mi fundación creé un programa solidario para campesinos pobres, para acompañarlos en crisis, con herramientas, asistencia, incluso ayudas básicas.
Lo escandaloso es que en 2025 todavía tengamos que pelear por bienes públicos esenciales. La desconexión rural es del 57 %, lo cual condena al productor a operar en desventaja absoluta. Esa cifra debería avergonzarnos como país.

APN: En el Congreso usted citó a la FAO: Colombia como uno de los siete países del trópico con capacidad para alimentar al mundo. ¿Por qué —según usted— no lo hemos logrado?

M.F.C.: Porque seguimos con un Estado que bloquea al que produce.
Para liberar esa capacidad que señala la FAO necesitamos confianza inversionista, libertad económica y reglas claras. Eso significa tumbar decretos y resoluciones que atacan la propiedad privada y el libre mercado.
¿Quién va a sembrar más, invertir más o tecnificarse si siente que cualquier día le expropian, le invaden o le regulan hasta el último detalle?
La propiedad privada es sagrada, es fruto del trabajo y la dignidad, no un botín del Gobierno.

APN: También propuso reducir el tamaño del Estado. ¿Cómo afectaría eso al agro?

M.F.C.: Directamente. Un Estado grande, disperso y politizado no produce desarrollo; produce trámites, corrupción y parálisis.
Tenemos ministerios que pueden fusionarse, agencias que deben suprimirse, consejerías duplicadas y embajadas creadas solo para engordar burocracias.
Con un Estado más ágil, el productor recupera competitividad. Menos intermediarios, menos permisos absurdos, menos manos ideologizando el campo.
La tarea es clara: del Estado paquidérmico al Estado que sirve.

APN: Usted dijo en su intervención que Colombia “no puede ganar esta guerra rural sin aliados como Israel o Estados Unidos”. ¿A qué se refería?

M.F.C.: A algo muy sencillo: si queremos recuperar los territorios, necesitamos superioridad aérea, inteligencia, tecnología y cooperación real.
Países como Israel han demostrado que se puede rehabilitar la tierra incluso después de guerras devastadoras. En África encontraron que lo primero para repoblar es volver a meter los animales, porque el ganado reorganiza comunidades, produce seguridad alimentaria y reactiva economías locales.
Ese ejemplo lo mencioné porque aplica perfectamente a Colombia: defender el sector agropecuario es defender la vida rural.

APN: Pasemos al libro ¿Por qué decidió escribir este libro justamente ahora?

M.F.C.: Porque durante años me han visto solo como “la senadora dura”, pero casi nadie conoce la raíz: Cali, el Valle, la salsa, el trapiche, los cultivos, el olor a panela hirviendo. Yo crecí montando a caballo, recogiendo algodón con mi abuelo, entendiendo que la tierra es esfuerzo, dignidad y supervivencia.

Cuando me propusieron el libro pensé: “Hablemos de lo que no se conoce: la niña, la empresaria, la mujer que casi muere a los 21 años, la que sufrió pérdidas y volvió a levantarse”. Y también la que vio cómo se desangraban los campesinos, los ganaderos, los líderes afro, mientras el Estado miraba para otro lado.

APN: Usted cuenta que su niñez en el Valle marcó su sensibilidad por el campo. ¿Cómo aparece eso en el libro?

M.F.C.: Aparece en todo. Mis abuelos decían: “El que vende tierra, come tierra”. Yo crecí entre fincas, algodón, caballos, olor a caña, papayas gigantes que mi abuelo mostraba con orgullo.
Esa relación temprana con la tierra es lo que me hace sentir el dolor del productor: el que pierde su ganado, su cultivo, su finca. No es discurso; es vivencia.
Por eso defiendo el agro no como un sector, sino como una forma de vida.

APN: En el libro usted describe un “segundo nacimiento” a los 21 años. ¿Ese episodio influyó en su carácter político?

M.F.C.: Totalmente. Sobreviví a una cirugía donde me tuvieron que resecar parte del colon. La mayoría en esa época no sobrevivía. Yo sí.
Cuando uno entiende que la vida es prestada deja de tener miedo. Por eso hablo sin disfraces y digo lo que pienso, aunque incomode.

APN: También aparece un episodio muy fuerte: el asesinato de los líderes afro Manuel Moya y Graciano Blandón. ¿Ese dolor orientó su agenda rural?

M.F.C.: Sí. Fue el día en que mis hijos me vieron llorar. Viajé con ellos al Atrato, los llevé a denunciar, los acompañé con mis propios recursos.
Cuando desaparecieron y luego confirmaron que las FARC los asesinaron, algo en mí se rompió. Hoy uno de sus hijos es abogado, otro psicólogo.
Esa historia es una cicatriz que llevo encima cuando hablo de víctimas rurales.

APN: Después de todos esos episodios, ¿qué Colombia aparece en su libro?

M.F.C.: Una Colombia doble: la del campo fértil de mi infancia y la del campo devastado por la guerra.
La Colombia de la feria de Cali, del trapiche, de los trabajadores recogiendo algodón.
Y la Colombia donde el Estado llegó tarde, donde las ONGs ideologizadas manipulan comunidades, donde guerrilla, paramilitares y hoy disidencias destruyen la vida rural.
Ese contraste explica mi carácter, mis decisiones y mi lucha por el campo.

APN: Cuando un lector cierre el libro, ¿qué quiere que entienda sobre usted?

M.F.C.: Que soy una mujer completa, no una caricatura política.
La caleña de ferias y salsa; la joven que casi muere en una cirugía y entendió que la vida no es para callar; la empresaria con el alma vacía que encontró su misión en servir; la mujer que lloró por líderes afro asesinados por las FARC; la dirigente que no se acomoda al poder.

Si el lector entiende por qué defiendo la tierra, la propiedad rural, el orden y la autoridad, entenderá también por qué creo que Colombia puede alimentarse y alimentar al mundo, pero sólo si protegemos al campo.

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